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BALAS PERDIDAS

EL MENDIGO Y LA HAMBURGUESA

 

Estuve mucho tiempo sin saber de ella. Digamos que ya me habían saturado sus charlas sobre todas las cosas maravillosas que tenía que hacer y sobre todas las pollas maravillosas que había conocido. Esto suena duro, pero no lo digo por reducirla a la categoría de guarra. Simplemente no entiendo como podía sentirse tan realizada saltando de cama en cama. Era una vieja amiga y algo más, una de las primeras Mujeres con mayúsculas que había conocido. Compartimos muchas cosas (no tantas como yo hubiera querido habréis deducido ya). Fué una buena confesora y hubiera sido una mejor amante. Nunca pensé por eso que el poder de la feminidad que latía en ella con tanta fuerza acabaría por poseerla. Ahora era una especie de envoltorio sin regalo, una muñeca hinchable que se sentía feliz de ser tan útil...Era como si sus hormonas hubieran acabado por devorar su cerebro...

Eso no significa que para mí dejara de ser atrayente. Mucha hambre he pasado como para haber desperdiciado una ración de ella. Pero a cada nuevo encuentro ella se iba transformando lentamente ante mis ojos, y pasó de ser cocina de vanguardia, de sabores y texturas inesperados, para acabar como "Mc Menú". Te lo comes porque es barato, rápido y está bueno, pero aburre, y sabes que no te estás haciendo un favor precisamente.

Pero si ella se transformaba en un McDonalds yo me transformaba en un sintecho, y los mendigos zarrapastrosos no entran en los puestos de comida rápida. Así que ahí estaba yo, pegado a la vitrina, sin catarla, odiándola en secreto a ella y a todos los que se ponían las botas a su costa.

Pero al llegar el verano, ya no estaba dispuesto a babear más el cristal que guardaba su sexo. Aquél verano supongo que no lo tiré a la basura como tantos otros. Quizá no hice grandes cosas, ni viajé mucho, ni me corrí juergas de ésas de las que te tienen que recoger con escobilla al día siguiente. Ni tan siquiera escribí nada que mereciera la pena, ni trabajé en grandes proyectos que me ilusionaran. De hecho, me dediqué a hacer aquello que siempre he odiado: vivir cada día como si no fuera conmigo. Simplemente estar, sin aspirar, sin sufrir, dispuesto a gastar todas las horas del día y la noche en evitar mirar dentro de mí. Pero así escapé de los monstruos más grandes y feos que uno puede encontrarse: depresión, desmotivación, autodestrucción, vacío, soledad...

Rompí lo que tuviera que ver con mi rutinaria vida del último año, y eso incluía renunciar a una buena amiga, pero también a un desgaste constante de mi autoestima. Conseguí darme cuenta que era más fácil (para un paria sin techo ni cueva com yo) encontrar de casualidad un buen manjar entre toda la basura de las calles, que intentar entrar en la fortaleza inexpugnable de su negocio entrepiernal. Sabiendo además que aunque lo consiguiera no me sentiría satisfecho y estaría otra vez vagabundeando en busca del verdadero plato estrella. El plato estrella que buscamos todos supongo, y que es posible que no encontremos...

Así que después de escupir en el mostrador y de pronunciar algun que otro improperio, me di la vuelta, me cargué los hombros y le dije adiós a parte de mi pasado, quizá para siempre. Me sentía ligero, y mis glándulas salivales se encendían ante lo que podía depararme el futuro. Entonces se abrió la puerta detrás de mí y con sus ojos llenos de conocimiento terrenal me hizo un gesto para entrar y me ofreció un BigMac...yo seguí caminando mientras el estómago me ardía de hambre.

 

 

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