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BALAS PERDIDAS

AGOSTO 2016

El lunes, cuando murió mi abuelo y salí a la calle, me invadió una sensación extraña. La sensación de no entender. Y sigo sin entender. No entiendo como no suena música de trompetas por todas las ciudades, porqué no hay pendones negros en los balcones, porque no hay una multitud de gente en las puertas de su casa o aquí que viene a presentar sus respetos a mi abuelo. No lo entiendo. Porqué para mí ha muerto el rey. Así de honda es la huella que ha dejado en mí. No habrá otro como él.

Es muy difícil creo que entendáis lo que os digo. Porque aunque muchos quizá también habréis sentido lo mismo, yo estoy SEGURO DE ESTO, y nadie podrá hacer que modere mi discurso: He tenido el mejor abuelo del mundo. Y ya está, no hay discusión posible.

Mi abuelo no era una persona especialmente cariñosa. Ni tampoco podría decir que haya tenido con él grandes conversaciones profundas y trascendentales. Los recuerdos que tengo con él son gestos pequeños, algunos incluso raros…

Era una persona tremendamente curiosa, a la que le encantaba hacer de manitas, y cualquier aparato que hiciera algo. No puedo enumerar la cantidad de objetos inútiles que me ha regalado durante todos estos años, desde monedas antiguas a muelles de algún aparato que había desmontado. O su último coche, siempre limpio, siempre bien cuidado… siempre lleno de más monedas antiguas, muelles, cosas... Conduje ese coche que ya tenía 250.000 km con un orgullo inmenso. Creo que él también estaba orgullosísimo de poder dármelo. Y recuerdo que cuando el coche dijo basta, lloré como un niño. El niño que entiende por primera vez que los reyes también pueden morir.

También ha sido la persona más amante de los animales que he conocido. Siempre se paraba para acariciar y CONVERSAR, literalmente, con cualquier animal. Y casi siempre se llamaban Sebastián para él. Lo alucinante es que los animales parecían estar encantados de llamarse Sebastián a partir de entonces. Se entendía mejor con ellos que con algunas personas.

Pero sobretodo, mi abuelo ha sido la persona que más me ha hecho reír en mi vida. A mí y a toda mi familia. Y esto no es solo importante por los buenos momentos que nos ha dado, no es sólo por la risa en sí. Mi abuelo me enseñó con ese sentido del humor tan suyo, tan ácido e irreverente, a perderle el miedo y el respeto a las cosas más supuestamente serias. A darle siempre una vuelta positiva a los momentos más tristes y difíciles. Como ESTE momento.

Es una lástima que no pueda hacer ninguno de sus comentarios ahora mismo, porque convertiría sin esfuerzo nuestra pena en lágrimas de tanto reír, y la sala estaría medio vacía porque todo el mundo estaría haciendo cola para ir al lavabo. Así era mi abuelo y así querría que fuera este día. Sonreíd, pegaos una buena comida con un buen vino, como él haría. Yo lo haré, y brindaré feliz, porque he tenido la suerte de vivir en la corte del Rey de los Abuelos.

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