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BALAS PERDIDAS

IMPRESIÓN DE NADA

 

De vuelta de Toulouse, en la estación de LaTour de Carol. Con un pie en Francia y otro en España, enmedio de los Pirineos, la soledad era más grande que cualquier montaña, y más fría. Otros viajeros esperaban como yo el autobús.

Es muy curioso observar a esa gente como tú, todos parecen sospechosos o descorazonados, o ambas cosas. Una madame elegantemente vestida, que cubre su alma con gafas de sol, más fría que un témpano, quizá yendo o volviendo de su último intento de amar sin tener que sufrir más. Dos simpáticas cincuentonas francesas, charlatanas como cotorras, seguro expertas cocineras y adictas a la prensa rosa. Ilusionadas porque creen estar escapando de ellas mismas. Una pareja de negros, africanos o franceses, abrigados hasta la frente sin hablar el uno con el otro, con destino inimaginable, aunque seguro que no mejor que del que escapan. Una guapa joven, yendo o volviendo de un amor fugaz, perdida, y quizá más triste que en la ida. O quizá feliz, pero seguro que no libre. Un trabajador solitario comiendo un bocata a la luz de la mañana, que parece pasar más tiempo ahí que en su casa. Sin mirar a nadie, de vuelta de todo. Aparece un coche con dos tipos cuarentones, vestidos con botas de piel y chaquetas de cuero, uno de ellos con gafas de sol, y las cejas en un gesto inocente y culpable a la vez. Caminan como cowboys y juzgan a todo el mundo. Entran en la estación de esta guisa y salen al cabo de dos minutos, de la misma forma que llegaron. O traficantes o secretas pienso, pero eso es lo divertido, que en un sitio como este uno no sabe nada. Gente anónima con vidas desconocidas. Quizá son las abuelitas las traficantes, o el obrero zampa-bocatas, o yo mismo sin saberlo...Quizá la chica joven ha viajado por estudios y no por placer. A lo mejor yo soy el único fugitivo aquí.

Lo triste de verdad es que hoy en día muchos podemos gastar nuestro dinero y tiempo en sentirnos libres, yendo de aquí para allá. ¡Qué espejismo más bien creado, pues todos tenemos que volver a nuestras celdas! Corremos como galgos huyendo del hastío y persiguiendo al conejo blanco del placer inmediato, pero damos vueltas y vueltas volviendo al mismo punto, cansados pero infatigables, aún sabiendo que el conejo es de cartón. ¡Cuánta vida para tanta muerte! En eso hay que descubrirse ante el prestidigitador, si existe, pues el equilibrio es tan perfecto como inútil.

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